Las comidas de la selva
Para 1988 ya eran expertos en cazar y en sobrevivir en la selva o en el bosque cuando de camping se trataba. Jacobo Pinares adquirió una carpa de la flota mercante, de varillas de fibra de vidrio y en forma de iglú, que era una novedad en la época y que lo acompañó por muchos lados y años, se dotó a sí mismo de cuchillos y navajas, encendedores, morrales y ollas especiales para acampar. Nada le faltaba; aprendió a improvisar hornillas y a montar carpas de todo tipo, a hacer zanjas para el agua y aprendió muchos nudos y maneras de iniciar un fuego, aunque siempre llevaba fósforos, candela, mechas, piras y una bolsa con "icopor" derretido en gasolina que era un excelente combustible. En su morral cada bolsillo estaba marcado con un símbolo de acceso rápido y directo; una cruz para los primeros auxilios, aunque sabía perfectamente la medicina de la selva: tomates, carbón y fango. De plantas nunca pudo aprender algo, aunque se lo propuso; un fuego para los materiales de chispa y encendido de fogatas; unos trastos para el menaje personal y la cubiertería; un pescado para los utensilios de caza y pesca que incluían anzuelos, cuerdas y navajas; una camisa señalaba el bolsillo de los interiores y medias y lo que se necesitaba para un buen chapuzón junto con la parafernalia del aseo personal: un cepillo y crema dental, desodorante nunca pensó necesitar en las profundidades de la selva, incluso recordaba con fervor la vez que se quedó quince días sin bañarse y en la que los mosquitos le rehuían, mientras que a sus amigos, más pulcros y menos comprometidos, los mosquitos les daban una lección de soberbia. Aparte un arnés sostenía una bolsa de dormir y la carpa, envuelta en cilindro y sobre la cual iba el machete barrigón de doce pulgadas y un hacha de combate con martillo y desclavador. En la parte interior comida de campaña: arroz, lentejas, fríjoles, papeletas de jugo instantáneo, un que otro enlatado, sal y el resto de la ropa, representada en pantalones tipo jean y camisetas manga sisa y una chaqueta desgastada. Una cantimplora militar sellaba todo el conjunto de viaje. Una vez llegó con cinco de sus amigos a un lugar retirado en el bosque y en diez minutos habían instalado carpa, cocina, asientos de tronco alrededor de la carpa y encendido una fogata con trípode para una olla que ya calentaba café. Los jóvenes de una carpa aledaña y sola en esos parajes los miraban con asombro y en silencio les admiraban por la efectividad de ese grupo militar que se enseñoreaba en convertir la zona de camping en una casa. Mientras unos acumulaban leña, otros la protegían con una estructura antilluvia y mientras dos cortaban horquetas para suspender la olla y acomodaban troncos para sentarse a distancia prudente del fuego y organizaban un colgadero de ropa mojada entre dos troncos con un nudo tensor sobre una cuerda de nylon, ya otro había instalado la carpa, hecho la zanja y avivado un naciente fuego, que esperaba por agua fresca traída por otro par ya desocupado. Al cabo de un rato uno de los menos tímidos del otro cambuche, entabló amistad y charla con uno de los menos tímidos del cambuche de Jacobo Pinares y resultó en que, ellos llevaban muchos días aguantando para no tener que volverse a la ciudad, que si los de este parche sabían que se podía comer y Sándalo le devolvía la pregunta a Jacobo Pinares en forma de respuesta y esperando aprobación ¿las ancas de rana se comen cierto? Ante una respuesta y otro intercambio de palabras, los chicos bajaron hasta el río y trajeron cuanto animal se parecía a un sapo, rana o renacuajo y empezó una cacería y una orgía de comida de ancas. Sándalo les daba un golpe en la cabeza y Jacobo Pinares los destripaba, quitándoles la piel y sacando pulcramente sólo los dos cuartos traseros conocidos como "ancas". Los echaban a una parrilla improvisada con alambre de púas y el primer honor lo cedieron al "ancador" pruebe usted, le decían los jóvenes del cambuche triste. Fue noche de cacería y ancas, no se sabe si de rana o de sapo, pero todas fueron pasadas por el fuego y aderezadas con sal, con lo que su sabor no difería del de una carne a la parrilla, sobre todo para Jacobo Pinares que había perdido el don del olfato. Muy entrada la mañana en esa misma faena, los de la carpa de al lado volvieron al ataque y preguntaron que qué más se comía y Sándalo, buscando de nuevo aprobación espeto: !caracoles¡ ¿si o qué? Y de nuevo intercambiaron la forma de conseguir los dichosos caracoles, prepararon un fuego impulsados por carbones de la hoguera principal y echaron en ella cuanto molusco osó atravesarse en el camino de los famélicos amigos. El resultado fue un terrible tierrero baboso que se le dio a probar al líder de los gomelos. Jacobo Pinares reprimió una arcada que le provocó la sopa gelatinosa, pero tragó y no le supo mal sino cuando los trozos de arena se raspaban entre sus dientes, todos comieron. Propusieron pesca con las tripas de los sapos y hasta allá llevaron el equipo de pesca y enterraron a un lado unos palos con anzuelos y carnada y sobre unas piedras regaron los intestinos y cabezas. Ambos dieron fruto, pero esta vez sería pescado y cangrejos, cayeron unos "comelones" y dos o tres crustáceos que no supieron que eran, pero que consumieron y enseñaron a consumir a los chicos del cable. El pescado no tuvo secretos para nadie, pero "las jaibas" eran un tormento. "échenlas al fuego y en diez minutos las sacamos" dijo Sándalo y al sacarlas hirviendo las abrieron como una caja y fueron sorbiendo el contenido uno a uno. Cinco días más adelante Sándalo cazó una serpiente. Por cazar, asumimos que se la encontró al pasar y la mató con un palo y la llevó al campamento donde el sabio Jacobo Pinares repitió un dogma de fe que hoy sabemos no es cierto: "una cuarta de la cola y una cuarta de la cabeza se botan y lo demás es comida. La lavaron, destriparon e hicieron rodajas de serpiente asadas. La piel la conservaron para posteriores estuches y correas, pero antes del segundo día un grupo de gallinazos había dado cuenta de ella. Los chicos del maíz se resistían a partir y, vaya usted a saber, adquirieron un curí o cobaya y fue el maestro Jacobo Pinares el encargado de someterlo, destriparlo, quitarle la piel y entregar las lonchas de carne. Básicamente no podía ser una rata porque era blanco y no tenía cola, eran las disertaciones de todo el grupo. La última comida de la selva de esa augusta acampada fue una iguana, pero da lo mismo si fue una salamandra o un camaleón, que entre los habientes ninguno conocía la diferencia, pero Jacobo Pinares había practicado la misma observación que oyera en un programa de televisión: "Sabe a pollo" y la destripó y la asaron al carbón como un ritual y ahora habían comido de todo. Probaron a comer gusanos o a echarlos al arroz, pero no fue práctica de volver a repetir. Por fin los chicos del centeno partieron amañadísimos con los supervivientes que tanto les habían enseñado y nuestros héroes se quedaron unos días más, aunque ya no había provisiones que terminaron compartiendo con los de peor suerte y que ya volvían a la civilización. Jacobo Pinares se terció un lazo, machete, cantimplora y un bolso y les dijo una mañana "voy a ver que consigo" y regresó pasado el medio día con seis frutos redondos y amarillos, de una cosa que el dijo se llamaba "lulo" todos se abalanzaron sobre las codiciadas frutas y las metieron a la boca y todos devolvieron o escupieron el bocado al probar la acidez y el ardor que les había provocado. Unos años más tarde se enterarían que tal fruta era lo que los campesinos llamaban "comida de culebra" y que en nada se parecía al lulo, aunque el color fuera similar. Recibió burlas de todos por el resto de los días y cada vez que lo contaban le añadían un poco más a la historia del rudo desconocedor de la maleza de la selva. Hubo un día que se alimentaron con limones injertos, escurrían una cantidad en un recipiente y le echaban sal hasta la locura y hágale: bon apetit. Una mañana fueron a un palo de pomas y comieron pomas todo el resto del día y otra más acabaron con un ciruelo y uno más con un guamo; hasta que el hambre se hizo inmarcesible y deshicieron el camino hasta el pueblo y luego en tren hasta la amada patria mientras recitaban el mantra de Pombo: "mamita mamita dame palo pero dame de comer". No es de dudar que muchas de estas cosas ocurrieron en campamentos diferentes y que la experiencia se fue sumando y que fueron muchos otros animales extraños que pasaron por el plato de Pinares y a la mejor sin ni siquiera estar en la selva: que Jacobo Pinares contaba ufano la vez que les dieron Cuí en Pasto, Chivo en Maicao, perro en El Cabo de la Vela u oveja en Málaga y de alguna parte salía un recuerdo raro con comida, pero báste por este capítulo de comidas extravagantes.
Comentarios
Publicar un comentario