El corredor de la muerte

Jacobo Pinares levantó la cabeza para comprobar que sobre el corredor que comunicaba este lado de la casa escuela con el lado opuesto de la misma había sido invadido por compañeros de su clase y de muchas otras con el ánimo de, auspiciados por la cantidad, golpear en la cabeza al despreocupado transeúnte y esto sin medirse en consecuencias; hasta profesores de baja auto estima sufrían allí unos cuantos papirotazos hasta que lograban acceder a la puerta de la derecha, que comunicaba con el recinto oficial de los profesores. De nada les servía levantar la cabeza o darse vuelta para "pillar" al osado, porque de inmediato otro, al que se le ofrecía una nueva perspectiva de la espalda, atacaba sin tregua. El colegio era una casa vieja y había un sólo grupo de cada uno, una primaria unificada, un sexto, un séptimo, un octavo, un noveno, un décimo y un undécimo. El Colegio San Agustín de Bello, era una de esas alcahueterías gubernamentales con permiso para cobrar altos precios por mes de estudio y básicamente no ofrecer gran cosa. Un pequeño corredor conectaba la puerta con un primer patio en el que a la izquierda quedaban las oficinas rectorales y secretariales y a mano derecha el aula del grupo 11, al frente estaban el aula abierta donde pacía octavo -era lo que en una casa normal sería el restaurante- y al fondo, pasando por un corredor de unos 7 metros, quedaban los grupos restantes, el baño general y un caspete que actuaba como tienda y en el que laboraba con acierto el sobrino del propietario legítimo de tal establecimiento.

Allá era donde Jacobo Pinares quería llegar y desde hacía mucho tiempo llegaba primero pues él era quién tocaba el timbre que anunciaba la feliz terminación de jornada y los descansos -dos de 20 minutos- y los terribles inicios de jornada y regreso al aula, así que llegaba a la tienda, hacía el pedido y luego iba a la dirección donde quedaba el interruptor y, ahora sí, tocaba el timbre, lo que le daba tiempo para llegar antes de que las formaciones de chicos con ganas de provocar se instalaran en el corredor. Hoy se había demorado porque decidió hacer una recolecta entre sus compañeros, eran pocos y realmente no era muy complejo que le dieran veinte centavos o un peso, pero su labor más útil estaba dando comienzo y necesitaba apoyo financiero que no podía darse el lujo de revelar su fin. Sin embargo la mayoría de las chicas le pagaban un importe por protección, Clara Puerta o Claudia Zapata le pagaban para que comprara en la tienda y compartían con él lo comprado, ellas no se arriesgaban a hacer el ridículo en el corredor de la vergüenza. Algunas veces, un profesor de alto mando disolvía el relajo amenazando con un cuaderno o con llamar acudientes y era el momento preciso para atravesar y salir airoso. No se trataba de que golpearán duro, era simplemente el irrespeto y, en términos actuales, el matoneo que aquel grupo proyectaba el que la mayoría de las personas inteligentes evitaba.

Jacobo llegó al colegio San Agustín, de carácter privado, por que su comportamiento en el Liceo Gilberto Alzate Avendaño no pertenecía a ninguna perita en dulce. Ese era un colegio gigante, sólo los grupos de grado sexto eran 12 ó 14, tenía más de tres mil estudiantes y allí, en el anonimato de la masa, cometía desmanes pequeños, como mirar al compañero del frente en un examen, golpear al que aparentaba debilidad, amenazar a los que se dejaban, imponer la ley del pequeño grupo de bandidos que le acompañaba desde sexto. Ahora estaba en octavo y miraba por encima a los profesores, llegaba tarde al salón, o salía más temprano y en conjunto, era un verdadero estudiante adolescente. En una ocasión le atrapó una conspiración, los siete compañeros del grupo preterrorista del que hacía parte fueron acusados de plagio de notas. Una ocasión en que alguno dejó esas planillas donde llevan los números, Francisco tomó la iniciativa y cambió un par de ellas y así lo hicieron todos y, aunque la materia era religión, todos los demás profesores se fundaron en ese hecho y juraron que a ellos también les habían cambiado notas. Total, todos acusados y pasados por lo más ignominioso del colegio, fueron expulsados con tacha elemental. El pecado original dio frutos y la amenaza era seria: "ningún otro colegio del gobierno los va a recibir". Y así fue que la madre de Jacobo, Doña Olga de Pinares, tomó la poco económica decisión de enviarlo a donde su otro hijo nunca pudo terminar el bachillerato y consiguió alimañas de amigos que lo llevaron por un camino muy asocial. Arriesgaba a su retoño a sufrir la misma historia, puesto que al mencionado colegio, llegaba toda la escoria que desechaban las instituciones públicas de la zona y allí compartió con drogadictos de primera mano y con incipientes sicarios y formadores de grandes bandas de barrio.

La situación no podía ser más incómoda al pie de los alborotadores del corredor de los coscorrones, esperar a que el grupo se disolviera por sí mismo, dar aviso a las autoridades competentes -el rector o el dueño que eran bien bravos- o perder el descansito sentado en el salón. La otra opción era hacer el ridículo atravesando dos veces, una para ir por el piscolabis y otra para traerlo. Lo peor era la mirada impaciente de Clara Puerta y de Carolina Giraldo desde la parte delantera del aula de clases. Jacobo era un rockero primíparo desde hacía unos dos o tres años llevaba un gabán negro hasta las rodillas y unas botas militares, en la bota derecha tenía enredada una cadena de perro y en el brazo una manilla fabricada con puntillas. El sabía que en el colegio era muy respetado por venir de un barrio como Aranjuez, que era, según los noticiarios de la época "cuna de sicarios". Miró al corredor y observó detenidamente a los revoltosos, bajo la cabeza que fue algo cubierta por su cabello que traía largo y soltó los brazos a los lados de su cuerpo sin dejarlos llegar hasta él. Algo así como una demostración de sapo: sacar el pecho y abrir los brazos respirando corto para que el cuerpo se mantuviera en esa posición. El grupo hizo silencio y Jacobo Pinares pasó lentamente. No miró a nadie, sólo pudo intuir la cara de miedo que colocaron los líderes de aquellos alborotos. Cuando llegó a la tienda notó que el grupo se dispersó. Nadie se quedó esperando a que Jacobo Pinares regresara con las compras.

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