El caso SENA

Recién terminado el bachillerato Jacobo Pinares determinó que no quería saber más de estudios y se dedicó a viajar por Antioquia como un desposeído, mientras se gastaba unos pesos que le habían entregado entre su madre y su tía para que recogiera unos documentos necesarios para cobrar una herencia. Había que visitar varios pueblos dispersos en las montañas y él aprovechaba para hacerlo sin prisa. Por ejemplo, debió ir a Alejandría y aprovechó para detenerse en Guarne, San Vicente, La concha y ahí si aparecerse por Alejandría, recoger la firma de un tío, socavar en la historia familiar y por último encargar un certificado de nacimiento que, invariablemente, se demoraba dos días o tres, aunque tal invento sólo fuese la excusa para no regresar pronto y el joven Jacobo Pinares aprovechaba para disfrutar su viaje. Es válido contar que recabando secretos, se enteró de que su padrino, de apellido Ríos podría ser el papá de su papá y que su abuela paterna era una especie de mujer de la vida alegre y que tuvo hijos de más de uno y ya no le extrañaba tanto parecerse un poco a su abuela. Por allí, por Alejandría se fue a Santo Domingo para dar un rodeo a Cisneros y luego a Caracolí, Maceo y Puerto Berrío, Cuando sólo necesitaba recoger una firma en Puerto Berrío. Así se la pasó el año siguiente a la salida del bachillerato y regresó con intenciones de trabajar y así se lo expresó a su padre quien le consiguió un trabajo temporal en la misma empresa en la que él trabajaba, una industria empacadora de gaseosas y desde allí quedó prendado de los tornos mecánicos y se decidió a estudiar esa semi carrera en el SENA. Presentó el examen de admisión tres veces y las tres veces pasó la parte evaluativa que valía un ochenta por ciento según rezaba la inscripción, pero el veinte por ciento restante se trataba de una entrevista personal con el director del SENA Bertulio Camacho, era un hombre de mediana edad, bajo en extremo y un poco rechoncho, su cara era como la de un perro bulldog y constantemente comprimía una mueca que era más de indiferencia y odio que le ganaba el premio de matón del año. Su voz, que compensaba su estatura era como de león en celo y el tono siempre le hacía sentir como si estuviese eternamente ofuscado. Con ese temperamento frente al de Jacobo Pinares que al sentirse amenazado con la charla del directivo que les habló como si ya fueran obreros, contrapuso una querella y le expresó que infundiendo miedo no era la manera correcta de tratar a los nuevos pasantes y efectivamente, Jacobo Pinares no pasó. La segunda vez que se presentó, puso tanto cuidado en el examen para no necesitar de la entrevista que hasta dos errores o mejor dicho preguntas, que no tenían la respuesta correcta en el examen las hizo escribir de los profesores que cuidaban la prueba. Pero volvió a cometer el error de recalcar sus principios vindicativos en contra de las expresiones de Bertulio Camacho y tampoco pasó. A la tercera vez, su jefe Evaristo Pineda y su compañero Elio Ángulo -también tornero- le dieron unos consejos simples:
-Pase el examen otra vez, hágalo bien hechecito y yo me encargo de la entrevista -Le dijo Elio Ángulo.
-Pase el examen y viene donde mí -añadió don Evaristo Pineda.
Y la tercera vez asistió al mismo examen, un año y medio esperó y un año y medio recordó las enseñanzas de Carlos Rivera en matemáticas, las ecuaciones y las factorizaciones y de nuevo, pasó el examen escrito. Para el Oral Elio Ángulo habló con un amigo del SENA y le pidió que antes de entrar a la entrevista, hablara con él y le envió con una carta de presentación. Evaristo Pineda le dijo otro tanto: "vea Jacobo, lo primero que tiene que pensar es en pasar desapercibido y quedarse callado, para eso, tenga le presto estos zapatos y consígase una camisa y un pantalón de colores actuales, llegue allá y quédese lo más calladito posible y jure que usted nunca se ha presentado como aspirante. ¿Estamos?".
Así fue que Jacobo Pinares fue donde su hermano menor y éste le prestó una camisa verde, un pantalón blanco y se calzó los mocasines blancos que le diera Evaristo Pineda, prometiéndole a su hermano que se los regalaría después de terminar el trabajo. Contra todos los pronósticos, Jacobo Pinares pasó al SENA lleno de odio por que para ser él, tenía que ser otro. Se hizo atrás, no conversaba con nadie, no le dirigía la palabra a nadie, sólo hablaba lo necesario y justo. Un "si" vació o un "no" eran más que suficientes. Contrario a lo que se piensa, por esa época ya entrenaba artes marciales y andaba con un tambo que hacía girar hábilmente entre sus dedos como si de una vaqueta se tratara y esa era toda su entretención. Dario Sánchez, el profesor asignado al taller en ese primer semestre, preguntó como había sido la historia para entrar al SENA y Jacobo Pinares, desde atrás no contó una historia, se limitó a refenfuñar: "Yo entré aquí por rosca" y el bien amado de las directivas Dario sánchez, le amarró un discurso al que Jacobo Pinares puso mucha atención, pero no contestó: "Vea jovencito, le voy a decir unas cuantas cosas, personas como usted -señalo la ropa y el pelo que ya Jacobo Pinares había regresado a su uniforme- he conocido muchas y no me han servido para nada, a usted no le veo futuro y recuerde que esto es una empresa y las personas que no funcionan, se van".
Jacobo Pinares sabía que debía soportar ciertos abusos sin devolver el ataque, pero su necesidad era tener un título en lo que quería y ya; así se hizo varios enemigos más, la sinceridad que le prestaba la rabia lo hizo caer en desgracia con una anciana profesora de español que le advirtió ofendida: "si vuelve a repetir que entró por rosca lo hago expulsar" y Jacobo Pinares se sentaba en su puesto, tomaba el tambo, lo hacía girar y se repetía para sí: "pero es verdad". No hay que decir que de sus compañeros ninguno se atrevía a decirle lo más mínimo, a lo sumo un saludo en la mañana y una despedida en la tarde. Cuando hicieron el campeonato de fútbol le preguntaron si quería participar y él contestó: "no", así que de los dieciocho alumnos, pertenecían al equipo de fútbol 31360, diecisiete. Cuando iban a jugar él se quedaba en el taller hasta que Dario Sánchez lo obligó a dejar cerrado el local y entonces empezó acompañarlos a la cancha.
En tres meses todos se confundieron al ver que Jacobo Pinares tenía una especie de sentido innato para la mecánica y entonces iba más adelantado que todos, lo que no sabían era que en las horas que pasó con su jefe Evaristo Pineda, éste le enseñaba a cortar, a medir, a soldar, a usar el torno en cosas simples, a utilizar el soplete de acetileno y el cortador de plasma, el año y medio que retrasó el ingreso al SENA fue de estudio para Jacobo Pinares y por eso les llevaba ventaja. Dario Sánchez, tal cual lo atacó, una tarde le pidió disculpas ante todos y le dijo que se alegraba mucho haberse equivocado y los otros diecisiete alumnos, cuando necesitaban saber que proceso seguía en el orden de mecanizado, ya no acudían al profesor sino al alumno.
una mañana jugaban contra un equipo del metalmecánico y un incidente con uno de los jugadores, algo más grande que el enclenque adversario del 31360 -los equipos en el SENA tenían el número de su taller- hizo presente para todos que tenían a alguien con quien contar. El joven grandote del equipo adversario se sintió anonadado por una finta del enclenque y cuando tuvo la oportunidad le cayó con fuerza y el pobre Javier Mejía rodó por el suelo. Hubo algarabía y el juez no pitó falta y los chicos se fueron a defender al caído, pero no tenían la fuerza, Jacobo Pinares ingresó al partido y les advirtió lo que podría pasarles si se metían con esos muchachos: "se meten con ellos, se meten conmigo". La advertencia les caló hondo y prefirieron no meterse con alguien como Jacobo Pinares y el juego se reanudó sin demasiados malestares a la vista impasible de un tipo que jugaba con un palo entre los dedos. Al terminar el semestre le entregarían "honoris causa" una medalla de subcampeones que recibió orgulloso.
Las tres o cuatro medallas de fútbol que alguna vez colgaron en su cuarto las ganó allí, porque después de esto lo ponían a jugar, eso sí, sin ninguna definición porque jacobo Pinares corría como un loco para arriba y para abajo defendiendo con toda pero sin tocar el balón. Se daba el caso que si lo tocaba no le daba a nada porque no tenía ni idea de cómo patearlo o hacer una finta. El arbitro se cansó de cantarle faltas y solamente le avisaba al equipo contrario: "pilas que ahí va ese loco". Sus compañeros optaron por utilizar su fuerza y lo ponían a jugar desde el principio para que lesionara al mejor jugador del equipo adversario y así lo hacía, así que era expulsado por "rojas" sobrenombre que llevó sin pena y con la gloria de cuatro medallas.

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