Bachillerato recargado

Jacobo Pinares terminó el bachillerato de 17 años y no sabía que más hacer, al terminar dio una vuelta por el país buscando unos documentos para una herencia, pero al regresar se encontró con un vació sin llenar, además recordó que no podría volver al colegio porque ni a recoger el diploma pudo ir. Aún les faltaban firmas y se usaron para la ceremonia pero se devolvieron y había que reclamarlos firmados unos días después. Jacobo Pinares no fue, envió a un tercer elemento, claro, Carlos Arturo Pataquiva que tenía la sonrisa y el don necesario, hizo ese trabajo sucio. Fue allí donde se le ocurrió que el no necesitaba volver al colegio de siempre, que podía volver a un colegio cualquiera. Recordaría ese sueño recurrente en la universidad y en el Alzate Avendaño, sintiéndose en 10° u 11° y sabiendo que ya se había graduado tiempo atrás, hasta pensaba que esa era la facilidad que tenía para el estudio. Regresó a su barrio y buscó un colegio nocturno, inventó una excusa para no tener documentos: "vengo de un pueblo; salimos de noche, se quemaron los documentos, somos perseguidos por la guerrilla" en fin, el pueblo y el nombre no eran requeridos, Colombia sufría en todos sitios. El encargado le permitió asistir por un par de meses mientras se solucionaba el papeleo, pero le advirtió que no podía pasar de ese tiempo.

Así comenzó a asistir al nocturno de la Cristobal Toro con dos amigos uno metalero y otro hardcorero. Así se les conocía a los que gustaban de un género u otro. El grado fue noveno y las materias mucho más simples que en un bachillerato diurno. Sólo se trataba de estar allí, compartir un rato y sabotear todo en la medida de lo posible. Todo lo quería contestar y todo lo sabía ya, eso era obvio para los que siguen la historia, pero los demás lo consideraban una especie de letrado superdotado y con él querían hacer los trabajos, las exposiciones y las consultas. Los exámenes no eran muy comunes, pero las chicas querían hacerse al borde de tan sabido compañero para realizar las suertes establecidas del pastel y la miradilla, aunque casi siempre tenía por vecinos a los dos sujetos que eran tan extravagantes como él.

Llevaban una lonchera en la que portaban un paquete de cigarrillos y tres bombones y era las delicias del único descanso de la jornada. De todas las otras aulas miraban como se sentaban en el patio, abrían la lonchera del hombre araña y se dedicaban a fumar y consumir el bombón del algo. Esto duró poco porque decidieron hacer un campeonato de fútbol nocturno que les fue aprobado y en el que no dieron pie con bola porque los tres eran, literalmente, tullidos para el fútbol, pero el campeón de los tres siempre fue Jacobo Pinares que, invariablemente terminaba en la portería, dejándose meter unos goles bobos y recibiendo quemadas injustificadas.
Con las chicas le fue mejor y conoció a Maribel, una mujer casada y con hijos que le prometió hasta partes del alma si le ayudaba en matemáticas y así fue... le ayudó en matemáticas, no sé sobre si le dio o no partes de su alma, pero con ella se fue a acampar a las montañas de Santa helena, ahí a la cascada, o mejor dicho de ahí para arriba y cuando ya estaban en el centro de un claro despejado y sobre un colchón de agujas, tendió una cobija de lana de cuadros y le enseñó otro poco de matemáticas. Allí mismo llevó a Angela, la otra compañerita deseosa de aprender el cálculo y a luisa que le bastaba con nociones de biología.
Las clases eran burla tras burla: "¿cuál es la capital de sumatra? La sutra contestaba Sándalo. ¿Porqué los enteros se identifican con una  Z? Por que los hizo el zorro profesor, decía el hardcorero de Alejandro, que era más conocido como "piernas locas". ¿Por qué las medidas de las mujeres comprenden tres cifras? por que el cuarto es el cociente intelectual y el cero no suma ni resta. En fin, las clases y las tareas y las chicas tuvieron que tocar a su fin porque se aproximaba la hora de entrega de notas y el profesor de matemáticas asolaba a Jacobo Pinares por los documentos restantes que eran todos, y así la visita sólo le duró dos meses, pero una charla, un reconocer capacidades en el lobezno y un certificado aparte, le permitieron continuar hasta acabado el semestre y pudo aprobar su segundo noveno y revivir el placer del colegio con sus amigos y deleitarse con chicas que en verdad querían aprender matemáticas.


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