El primer camping

Acampar era una moda y nadie quería escaparse de ella. El gran amigo de Jacobo Pinares, Leonardo Pallares, más conocido como Sándalo, tenía previsto que salieran a la zona conocida como "cavernas del Nus" y sabían por referencias que bastaba subirse a la línea del tren que partía de la terminal de transportes de Medellín y bajarse en un pueblo conocido como Virginias y desde allí caminar. Lo hablaron toda la semana, prepararon comida no perecedera como arroz y panela, maletas del tipo tula militar de cuerpo cilíndrico y con dos cuerdas que permitían cerrarlas y colgarlas alrededor de la espalda y sobre el pecho, ropa cómoda representada en pantalonetas y zapatos tenis, fósforos, un cuchillo y platos y vasos de plástico. Todo lo acumularon en un lugar secreto para no despertar sospechas y el día de la partida llegó sin prisas y los dos imberbes e ilusos se lanzaron a la aventura. En sus casas cada uno dijo que irían a la finca de un amigo y con el dinero recogido en todo un trimestre de clases, más los aportes de fin de semana, no lograron recoger más que un puñado de pesos, no es de extrañar que hubiesen pedido en la calle durante largos períodos, lo que les arrojó una ganancia neta de 1223 pesos, compraron lo que hacía falta, un poco de azúcar y fresco con un par de latas de sardina y atún. Listos, la noche anterior al viaje pidieron permiso para amanecer en conjunto en la casa de un vecino, porque de allí saldrían muy de mañana a la finca, pero de allí sólo saldrían a pie para la terminal con la finalidad de ahorrar los dos pasajes. A las cuatro de la mañana ya estaban en pie y caminando a la terminal, a donde llegaron con media hora de retraso, pero dos horas antes de que abrieran la taquilla del "Expreso del sol" y se acomodaron a dormir más sobre sus tulas. Cuando la fila empezó a moverse se levantaron entusiasmados y dispuestos a todo, era la primera vez que se subían en un tren y la primera vez de todo, que alegría tan insuperable saber que aquella noche dormirían por primera vez en la naturaleza, al lado de otros valientes y esforzados como ellos que también salían de camping. Subieron al tren y dormitaron, no pudieron comprar más comida, pero estaban seguros de que al bajarse harían una fogata y algo de arroz. El pasaje había costado 300 pesos y eso les había quedado en total para devolverse, otros 300 pesos. No importaba, en la naturaleza no habían tiendas donde gastar y llevaban lo necesario para sobrevivir durante toda la semana santa en la jungla. Llegaron al pueblo como a eso de la una de la tarde y se bajaron con sus tulas y preguntaron donde podían tomar el camino a cavernas. Esperaron a que el tren pitara de nuevo y se fuera y se internaron por el monte unos trescientos o cuatrocientos metros más adelante, tomaron el camino de herradura que se mostraba simple y fácil de seguir en el suelo y pronto llevaban un par de horas de camino. Encontraron un arroyo y descargaron el cansancio en él, se bañaron y tomaron agua y era la primera vez que se percataban de que no habían llevado algo como una cantimplora en que hacer jugo. En una de las ollas aporreadas, echaron azúcar y agua y eso tomaron. Cargaron de nuevo y llevaron la olla en las manos mientras duró el piscolabis. Caminaron aún tres horas antes de darse cuenta que no llegaban a ningún sitio y que no aparecía nadie en esos andurriales para preguntarle una dirección o un camino. Desde la última vez que se bañaron no habían tomado nada, pues escarparon una cordillera en la parte alta y no habían encontrado más agua, ni charcos. Faltaba muy poco para que el sol se ocultara por completo y decidieron tomar un descanso. Allá abajo había una piedra buena para hacer algo y allá se dirigieron. También era la primera vez que se percataban que no habían llevado un plástico o una carpa para dormir, pero llevaban cobijas aunque no estuviera haciendo frío. Se acostaron sobre las piedras desnudas, comieron pan tajado de sus reservas y alcanzaron a escuchar, en un radio pasacintas que llevaban, dos o tres canciones de los Beatles... It´s been a hard days night. La compra de las baterias fue el lujo más grande que se dieron y lo pensaron dos veces, pero, se podía vivir sin agua y sin comida, pero no sin el ruido, así que, eche para acá esas baterías. El cansancio los consumió y es probable que la grabadora hubiese trabajado arrastrando el cassete hasta el final y luego se quedó tratando de dispararse, pero los dos bellos durmientes sólo abrieron los ojos con las primeras luces de la mañana, rozagantes, descansados aunque durmieron sobre la piedra desnuda y con el ánimo dispuesto para atravesar el Klondike o el cañón del colorado, aunque en términos geográficos, no sabían ni donde estaban parados. Notaron que la panela se había derretido un poco y que de la grabadora salía un líquido negruzco y dedujeron que en alguna parte de la noche llovió, y que escampó pues amanecieron secos, Aunque las provisiones no se perdieron, sufrieron una diezma que no sería un problema en el futuro. Se organizaron, salieron y más adelante les dijo un campesino que pasaba en su mula que a media hora más de camino se veía la choza de Blanca Jaramillo. La eterna administradora de las cavernas del Nus. La felicidad y la alegría no cabían en los dos chicos y se dieron más prisa, pero una fuente inesperada de agua les permitió probar sus destrezas en la realización de fuego. No encontraban rocas y optaron por hacer un agujero en el suelo y perdieron una gran parte de la mañana haciendo que el chocolate hirviera y al final, aunque un poco crudo, supo de maravilla con los restos del pan de la noche anterior. Un cúmulo de tristeza apabulló a Jacobo Pinares al darse cuenta de que parte de su puñal se había quedado en alguna de las locaciones anteriores o donde el chocolate o en las piedras, volvieron atrás, pero no encontraron ninguna de las dos posiciones previstas y decidieron finalizar el viaje sin detenerse y no parar hasta verle las arrugas a la vieja Blanca. Caminaron desganados, hambrientos y con sed, que el calor era pasmoso y los lazos de las tulas les marcaban los hombros como dos heridas profundas y aún así caminaron hasta muy entrada la tarde, convencidos de que ya llegaban, pero extenuados, volvieron a caer rendidos bajo unos árboles. A la mañana siguiente se dieron por vencidos y se regresaron. Nunca encontraron puntos de referencia, pero encontraron agua y junto al agua, alguna casa donde se informaron el camino a seguir para devolverse a su tierra añorada. La sed les tenía inflamados y se acostaron en el primer charco que encontraron a beber hasta que las panzas de cada uno no podían resistir más agua. Un buen rato usaban pañoletas y cada uno a su vez le descargaba el retorcijón de agua en la espalda al otro. Al pueblo Virginias, llegaron con las luces de la noche  y se resguardaron en la sala de rumbas que no tenía paredes y que al parecer nadie cuidaba. Compraron en la primer tienda un par de cocacolas y pan, el tan anhelado dulce llegó en la forma menos esperada, pues las cocacolas aunque valían lo mismo que las grandes, eran de esas pequeñas cocteleras. No importa, las disfrutaron lo más que pudieron y se quejaron del dinero gastado, pero algo harían en el tren para cubrir lo restante. Durmieron cómodos, aunque con sed y hambre y al levantarse les dieron la noticia de que el tren venía con problemas y que no pasaría hasta muy entrada la tarde y eran las seis de la mañana. Jacobo Pinares propuso andar 16 kilómetros entre La virginia y Caracolí y convenció a Sándalo de que era buena idea y de que al llegar, cubrirían los centavos gastados la noche anterior y estarían en tierra de una de sus más preciadas tías. El cálculo sencillo se limitaba a un par de horas máximo en la caminata, pero al tener que hacerlo por los polines del tren y atravesar los abismos haciendo malabares, esperaban estar en tierras de Caracolí al medio día. Iniciaron el viaje con ansias y reservas y a eso de las diez de la mañana se encontraron con el río Monos y allí se ducharon, hicieron fogata y tomaron... chocolate, ya no quedaba nada de azúcar o pan y el arroz era muy duro, así que panela y aguante. Se turnaban para entrar al río y cuidar la fogata y en un repentino resuello de viento, una esquirla encendida se acomodó en el ojo izquierdo de Jacobo Pinares, donde, aún entrado en años, cree ver la cicatriz que le dejó en la retina aquella quemadura. Se vistieron y continuaron de palo en palo de los polines y el cansancio les hacía parar por unos minutos, en uno de aquellos descansos divisaron piñas en un escarpado y Sándalo se ofreció para traerlas y las trajo grandes y frescas. Jacobo Pinares les quitó las cáscaras y las tomaron del pelo hasta acabar con ellas y diez minutos después sufrían de los calambres en la boca y los labios y la lengua hinchados, culpándose el uno al otro de tal incidente: "Usted no las supo pelar" "usted las cogió verdes" "Usted dijo que así estaban bien" "usted que se la comió"... En un apartado camino, más allá de las dos de la tarde, un campesino les dijo que si pasaban el puente y seguían por el otro lado también llegaban a Caracolí, pero que era más lejos. Ninguno chistó, los rieles los tenían hartos y, de nuevo, hicieron malabares para pasar un puente de cuerdas sobre el río Nus que los dejaría en un camino, por fin, natural y sin polines. Al pueblo llegaron por el puente de la Clavellina y hasta la puerta de la casa de la tía de Jacobo Pinares. Sus primas no les permitieron ingresar hasta que no se pasearan por el río un rato, pero les sacaron suculentos manjares que no habían visto en los últimos cuatro días. Descansaron, se bañaron, les dieron alojamiento en el suelo de la sala y cada noche de las tres restantes se compraban una cocacola y un cigarrillo para cada uno y rememoraban las desgracias pasadas, pasando a sorbos muy pequeños el néctar negro para que les durara mucho tiempo. Por fin al sábado se despidieron y lograron volver a subirse al tren del sol, con 70 pesos menos de lo indicado y teniendo que esconderse del conductor a como diera remedio y así y todo les cobraron un pasaje. La última anécdota de aquel camping ocurrió dos días antes ya en Caracolí, donde prendieron un poco de marihuana que llevaban y cada uno dio sus pitadas correspondientes. Entre el humo y la cocacola Sándalo empezó a hacer flexiones de pecho y contó más allá de cuarenta. Jacobo Pinares, se dijo "si este flacuchento hace cuarenta yo me hago cien" y se lanzó al suelo. En el camino recordó haber leído sobre la ausencia de señales de dolor provocada por la droga y se detuvo. Al día siguiente, cuando sus primas fueron a levantarlos de la sala para barrer, ninguno podía dar paso y los dolores de anciano les duraron los dos días siguientes. Fue allí donde Jacobo Pinares dijo: "Me volveré un carpista excelente, donde no me falte nada y jamás vuelvo a hacer ejercicio trabado".

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