Anales de demolición
Cómo había conseguido llegar hasta ese momento no era un secreto, su padre tenía un taller en casa y allí sobraban las herramientas y el tiempo, e incluso los materiales para fabricar "cosas" como esa que estaba usando. ¿Por qué lo estaba haciendo? ese era otro cuento. Don Argemiro Salazar, dueño absoluto del colegio San Agustín, con una seria tendencia homosexual, le había agredido por tercera vez esa misma semana, con ademanes molestos y con la voz levantada: "Eso no es así... compórtese... Venga a firmar el libro de disciplina..." Lo tenía harto y no encontraba más manera de desquitarse que atacando su jepp todo terreno marca Toyota. La primera vez sólo pensó en rayar un poco la pintura, pero no era fácil, así que decidió buscar un solvente de pintura, el llamado "2020" bastaba dejarlo un rato sobre una superficie pintada y se embombaba la pintura. de eso hacía unos 20 días. Salió del colegio con un cartón preparado, a las puertas del colegio le dio la vuelta al vehículo y en ese trayecto observó la calle abandonada hasta la esquina opuesta a la que se dirigía. Al final de la calle, en el otro sentido, una pequeña tienda donde solían quedarse, mostraba los compinches de siempre que le esperaban. Voltió el contenido de la botella en el cartón y limpió la pintura con el mismo. Llegó a la esquina y les dijo a los muchachos: "vámonos para el parque". Así fue, pero a la tarde de jueves de la semana siguiente, el Toyota estaba estrenando pintura nueva y el agredido no se dio por aludido. Esta vez había fabricado unos abrojos cortando las esquinas de una "u" de aluminio y afilándolas en el esmeril. Su idea era dejar bloqueado al enemigo al colocar los abrojos cortados en la parte delantera y trasera de dos llantas. Podía tener un repuesto, pero no dos y por eso se percataría de que andaba en la mira de alguien y moderaría su comportamiento. A la hora de entrada le pareció muy complejo dedicarse a la tarea de colocar las puntas, pero sabía que Don Argemiro Salazar no salía mucho en el día y no importaba el momento. Descaradamente se agachó para amarrarse las botas y sacó de su morral un trozo de estopa en el que llevaba las piezas y las acomodó en la llanta trasera súper ancha de la toyota. Repitió la operación con disimulo en el lado opuesto e ingresó a clase de la manera más natural. Ya habían salido y él se había quedado en la esquina esperando la explosión de las llantas, llevaba una hora después de la salida y de vez en cuando se asomaba por un espejo para verificar que la Toyota seguía en su puesto, ya se cansaba de esperar cuando logró ver por el espejo de espía que salía el celador -un drogadicto de la esquina ocupaba ese puesto a cambio de dosis moderadas de alcohol y marihuana- detrás de él salía el rector y emocionado esperó la gran explosión. La situación fue menos dramática y las dos llantas sólo hicieron un deprimente ffsssshhs al desinflarse por los inmensos agujeros. Verificada la operación por el espejo, se alejó en dirección al parque de Bello lleno de júbilo. El mequetrefe estaba advertido, ya debía saber que no caía bien y que se estaba dispuesto a mucho para lograr su insatisfacción y la sensación de satisfacción, del trabajo plenamente realizado llenaba su alma adolescente.
Ahora peleaba por los derechos de sus compañeros, los que antes poco le importaban. Si, él sabía que no sólo era su odio por el rector, sino también que aquel impunemente amenazaba a los muchachos de no dejarlos graduar o de ponerles mucho pereque en el proceso, incluso se insinuaban algunos acosos y coerciones sexuales de parte del dueño. Fue en esa época en la que, ayudado por algunas revistas autogestionadas -la Visión Rockera fue la de más por mucho- decidió enfrentar al gran enemigo, no sólo en la práctica, ejerciendo el terrorismo de desinflar sus llantas, rayar el capó, fastidiar documentos con temperas o colbón, usar pegas rápidas para dañar cerraduras, demorar la aparición de un libro necesario para una clase, ocultar información, en fin. Nada sabía de fuerzas de choque o de los militares, pero ya había desarrollado una especie de "manual de la destrucción" que más tarde llevaría a buen término escribiéndolo y publicándolo en la internet. Fue 20 años más tarde que se topó con los manuales del ejército de "guerra de minas" y "demoliciones" unas copias que le prestara un compañero de trabajo de una agencia de seguridad. Aún no era tarde para aprender, pero ese es cuento de otro costal.
Su fuerza la dedicaba a solicitar colaboraciones que pocos le negaban y de a 20 centavos y 50 centavos recogería el dinero requerido para publicar una carta en contra del vampiro al que le había decretado guerra. A nadie le dijo nunca que tal elucubración era suya, para evitar aquello del secreto a voces, ni sus mejores amigos podían incriminarle porque a nadie le contó de sus planes, ya sabía que para conservar un secreto hay que matar al que se lo revele y cuando recogía dinero, la gente pensaba que era la cuota de mantenimiento justa para evitar que un matón como Jacobo Pinares se metiera con ellos.
El rector balbuceó y amenazó con hacer encarcelar a las personas que le estaban haciendo ese daño, con cargos de terrorismo y que "Ay si se dejan atrapar" y Jacobo Pinares como si nada fuera con él.
Sus padres le pagaron la mensualidad el primer año, en 1983 y él, al sobresalir en sus estudios ganó la única beca que daban, así que sus padres le sostenían los pasajes solamente -que no era una nonada- y la alimentación, ya que de Aranjuez a Bello, en esa época, era un trayecto largo. Bien sabido es que en el país de los ciegos el tuerto es rey y Jacobo Pinares era por lo menos, menos ciego que los demás y muchos profesores le respetaban por sus facilidades de aprendizaje y su consistencia en el estudio. Carlos Rivera, el profesor de matemáticas no le dejaba presentar exámenes, porque en los diminutos salones la gente "pasteliaba" más que estudiaba y por eso, Jacobo Pinares salía al tablero, explicaba algún ejercicio y quedaba exento de presentar pruebas escritas. Rito, de español y literatura, tampoco lo atacaba, por el contrario lo presionaba para que sobresaliera y Jacobo nunca quiso defraudar a esos dos profesores en especial, así que siempre les cumplía y, curiosamente, les obedecía. Frente a eso el dueño imaginaba que el o los autores de tales actos terroristas eran un grupo de sediciosos, inconformes y que además estaban perdiendo algunas materias y el año entero, así que él no estaba en la lista.
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